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Los Intelectuales de Izquierda y la Revolución Cubana

Volviendo de Caracas, a comienzos de este año, dediqué buena parte de las horas de vuelo a leer uno de los libros que me obsequiaran mis amigos, centrado en un tema que me interesa mucho y a la vez corto y ágil en su desarrollo, nada mejor para un viaje de avión. El autor, un cubano nacido en 1964 que vive y trabaja en Barcelona, Iván de la Nuez, ensayista y crítico de arte, que con mucha profundidad conceptual y gran sentido del humor, se propuso explicarse y explicar las razones de la pasión que han sentido muchos y muy diversos intelectuales de izquierda a nivel mundial por la revolución cubana.

La contratapa de “Fantasía Roja” (título del libro) resume muy bien el sentido del ensayo: “¿Qué tienen en común Jean Paul Sartre y Oliver Stone, Régis Debray y Sydney Pollack, el músico Ry Cooder, que dio a conocer a Buena Vista Social Club, y el Director de cine Richard Lester, que dirigió a Los Beatles, Giangiacomo Feltrinelli y Max Aub, Graham Greene y David Byrne?”, se pregunta enigmáticamente, para responder a continuación: “Además de ser o haber sido, cada uno a su manera y condición, reconocidos íconos intelectuales de la izquierda occidental, estos ilustres personajes han compartido su pasión por la Revolución Cubana”.

El autor comienza destacando en la propia introducción, que ninguna de las otras revoluciones conocidas del siglo XX (la rusa, la china, etc.) “alentaron semejante pasión durante tantas décadas”: “En su fundador libro Huracán sobre el Azúcar, el mismo Sartre pretendió encontrar ¡por fin!, el advenimiento de una revolución sin ideología. En ¿Revolución en la Revolución?, un joven Régis Debray encontró la teoría del foco guerrillero como la panacea de una posibilidad no estalinista para la revolución mundial. En Cuba, la película de Richard Lester, el superespía Robert Dapes, interpretado por Sean Connery, dudó muy pronto de la misión de matar a Fidel Castro en plena Sierra Maestra, ante la fusión de una inevitable pasión amorosa con el ya evidente fracaso de la tiranía de Batista. Algo similar ocurre en Habana, de Sydney Pollack, donde un maduro galán creado por Robert Redford se precipitó finalmente en la órbita revolucionaria, siempre en tórrida mezcla con el juego, la disponibilidad orgiástica de las cubanas y la seducción de la bella heroína de la película (Lena Olin). Es conocido –agrega de la Nuez- el éxito arrollador de Buena Vista Social Club, bajo la égida de Ry Cooder, si bien Santiago Auserón o David Byrne se habían lanzado antes a hurgar en las raíces de la música cubana con una perspectiva contemporánea más expedita y un registro intelectual más abarcador”.

“Esta obsesión cubana de la izquierda –sostiene el autor- tal vez merezca una explicación más psicológica que política, más erótica que ideológica, más personal que social (…) Para muchos de estos intelectuales de la fantasía que cantan a la Revolución –como el habano de Sartre, como la pipa de Magritte- Cuba no es solo Cuba, sino algo más. La revolución cubana funciona, por ejemplo, como coartada para criticar a un mundo ordenado bajo los signos del mercado y, por extensión, a los males del capitalismo (que es el capitalismo todo)”, pero también funciona como una referencia fundamental respecto al espíritu revolucionario mundial, sobre lo cual el propio Sartre se expresa claramente: “los cubanos deben triunfar –dice al cierre de su primera visita en el comienzo mismo de la revolución, en 1959- o lo perderemos todo, hasta la esperanza”.

Iván de la Nuez sostiene que “Fantasía Roja no es, en primera instancia, un libro sobre Cuba, sino un paseo –mejor, un road movie- por lo que bien podríamos considerar el ‘cubanismo’ de una zona de la izquierda occidental. Un recorrido –agrega- a través de esas fantasías sobre la Revolución Cubana que han dado brillo, y nublado al mismo tiempo, un proceso mucho más laberíntico que lo descrito por estos intelectuales”. Por ello, se propone “leer estas fantasías sobre la Revolución Cubana como un capítulo de la crítica al capitalismo y al imperialismo; un islote en la conformación del imaginario revolucionario de occidente”, tratando al mismo tiempo de “atender las creaciones de estos intelectuales como un territorio singular en la historia del neocolonialismo” y “plantear este debate desde la izquierda, aunque sé –afirma- que algunos de estos titanes de la Revolución rechazarán mi filiación en un territorio del cual muchos tienen la vara para castigar o excomulgar (también para abandonar cuando las cosas pintan feas”).

El recorrido que De la Nuez realiza por la obra de una amplia gama de intelectuales (los nombrados y muchos otros) es tan irónico como demoledor, y uno tras otro van quedando por el camino, con sus simplismos y sus lecturas voluntaristas, en el marco de un ejercicio donde se le termina siempre exigiendo a un proceso bastante más acotado (desde todo punto de vista) demandas totalmente fuera de lugar, destacando –nuevamente- que “Sartre incurre asimismo en esa demanda excesiva de responsabilidad a la que ha sido sometida esa isla del Caribe: responsable de realizar la Revolución que los intelectuales occidentales no habían hecho y, de paso, cumplir con las expectativas de sus teorías; responsable de construir el comunismo en el jardín de Estados Unidos; responsable de cambiar las relaciones humanas; responsable de aparentar una falta de ideología; responsable, en fin, de la esperanza”.

Confieso que disfruté mucho de la lectura. El viaje pasó –literalmente- “volando”. Como se sabe, uno se identifica con los puntos de vista de quienes tienen sensibilidades parecidas, y en mi caso, pesa –evidentemente- mi distancia de siempre con la revolución cubana, tanto en lo que tiene que ver con su culto a la lucha armada (que tantos costos significó para toda una generación de jóvenes latinoamericanos que brindaron sus vidas por la “revolución”) como en lo que tiene que ver con el modelo de sociedad (¿inevitablemente?) implantado (caracterizado por una economía totalmente estatizada y un régimen político absolutamente cerrado), con el cual nunca he sentido ni la más mínima sintonía.

En cambio, con el tiempo (y con los fecundos intercambios mantenidos a lo largo de las últimas décadas con muchos amigos cubanos) aprendí a valorar otras cosas de la “revolución”, que estos intelectuales neocolonialistas (estoy totalmente de acuerdo con el calificativo) jamás han siquiera observado. Y coincido con el autor (también) en que hace falta rescatar estas otras dimensiones del proceso cubano (el compromiso irrenunciable con la salud y la educación al alcance de todos, por ejemplo) y nada mejor que volver a citarlo: “Ni Nueva Trova, ni rock cubano, ni la ‘timba’ feroz de los nuevos salseros. Tampoco, por supuesto, el ácido argumento con que los raperos más recientes han cantado a las contradicciones cubanas de hoy. Uno intuye –enfatiza el autor- que los alabarderos han privilegiado la épica y dejado de lado la zona más popular y contradictoria de la rapsodia. Y que esa alabanza absoluta no es práctica, ni útil, ni siquiera izquierdista. Que, acaso, lo verdaderamente revolucionario hubiera sido transformar la rapsodia en rap”.

Actualizado Martes, 02 Octubre, 2007
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