LAS “MARAS” EN CENTROAMERICA: MITOS, REALIDADES, TRANSFORMACIONES


ER – Tu has estado centralmente implicado en uno de los estudios comparados más amplios y sistemáticos sobre maras en Centroamérica. ¿Qué destacarías como más relevante de estos 4 tomos publicados?

JMC – Creo que ha sido un esfuerzo muy sistemático, realizado desde un enfoque particular, comprometido con los derechos humanos y la democracia en la región. Por ello, hemos tratado de eludir el camino fácil de la estigmatización y hemos preferido tratar de entender el fenómeno de las maras, de la mejor manera posible. Lo más relevante, en este marco, probablemente sea contar con estudios construidos en los cuatro países con un formato común, y con diferentes énfasis en cada caso.

ER – Cada libro tiene un énfasis diferente, ¿no es así?

JMC – Efectivamente. El primero es un diagnóstico clásico de situación, mientras que el segundo intentó mirar el mismo fenómeno desde el ángulo del capital social. El tercero, por su parte, intentó mirar las políticas públicas que se vienen aplicando, sobre todo desde los gobiernos, mientras que el cuarto está centrado en la labor de la sociedad civil. De todos modos, en su conjunto, la mayor parte de estos estudios, y de hecho casi todos los que conocemos, se han centrado en el análisis de sus causas, en las motivaciones individuales de sus miembros y en su impacto sobre la violencia y la seguridad pública de los países, lo cual –hoy es posible percibirlo claramente- es insuficiente.

ER - ¿A que te refieres? ¿Existen ángulos relevantes que todavía no han sido explorados?

JMC – Si, así es. Uno de los más relevantes es el relacionado con los procesos de expansión transnacional del fenómeno y su dinámica en tanto redes identitarias que traspasan las fronteras nacionales, muy dinámicamente. Es evidente que las maras centroamericanas constituyen hoy día un fenómeno transnacional que a lo largo de los últimos años ha experimentado un claro proceso de formalización e institucionalización que, en algunos lugares más que en otros, le permite constituirse en una especie de sistema de crimen organizado que desafía a los estados de la región en distintas formas.

ER – El fenómeno migratorio influye en este sentido, ¿no es así?

JMC – De hecho, muchos autores colocan el origen de las maras centroamericanas como producto directo de los procesos de migración, pero reconociendo que ha influido, no se puede asociar el origen de las maras con la migración. De hecho, las maras aparecieron antes de que los flujos migratorios se tornaran relevantes. En cambio, en lo que este proceso tiene una incidencia directa, es en la conversión de las maras en un fenómeno transnacional, en su conversión en redes, y para ello confluyen dos fenómenos que se originaron separadamente: las maras centroamericanas y las pandillas norteamericanas.

ER - ¿Por qué existen dos grandes “macro pandillas”? ¿Esto siempre fue así?

JMC – Esto es muy importante, porque en realidad, también la conformación de las “macro pandillas” es un fenómeno más reciente. En su origen, las pandillas eran fenómenos locales, y el barrio tenía una influencia decisiva en su configuración. Incluso en Nicaragua, esto se mantiene bastante todavía hoy. Las dos grandes pandillas (MS y M18) se forman a partir del fenómeno del retorno de los deportados que vivían en Estados Unidos, y esto ocurre porque las condiciones estructurales de exclusión y marginación social llevan a construir agrupamientos más grandes, de la mano del ingreso de grupos de poder (como el narcotráfico) a estas dinámicas, que comienzan a instrumentalizar a las maras para sus propios fines al margen de la ley.

ER - ¿Cómo inciden en estos procesos los programas de “mano dura”?

JMC – Muy directamente. De hecho, el salto cualitativo en términos de organización en las dos pandillas, ocurre como respuesta al endurecimiento de la represión. En el fondo, los propios pandilleros comenzaron a percibir que ya no se los perseguía particularmente, en función de los delitos que se cometieran, sino que eran combatidos por su simple condición de pandillero, cometieran o no delitos, y en términos generalizados. Se hizo famosa la afirmación de un líder pandillero que en su momento declaró a la prensa que el sistema los unió y alimentó un gran sentimiento de solidaridad entre las diferentes clikas y aún entre las dos grandes maras, lo cual, también colaboró con su transformación en redes internacionales. Las propias cárceles colaboraron en este sentido, desde el momento en que los gobiernos se propusieron (y concretaron) el encarcelamiento masivo de mareros, que juntos comenzaron a re-pensar sus acciones futuras, desde los propios penales.

ER – Me imagino que esto también introdujo cambios en los modos de operar de las maras.

JMC – Efectivamente. Las maras pasaron de reunirse en calles y lugares abandonados a casas y lugares privados, fuera del alcance de los operativos policiales, y pasaron de moverse como peatones en las calles, a trasladarse en vehículos para escapar de los controles policiales. En este proceso, necesitaron recursos y los obtuvieron a través de vínculos crecientes con el crimen organizado y con el desarrollo de aparatos de economía criminal como los sistemas de extorsión a pequeños y medianos comerciantes y a los empresarios del transporte de las zonas que controlaban. Esto ha ampliado la capacidad económica de las pandillas y por lo tanto, ha ido “formalizándolas” y tornándolas más estables, permanentes y eficientes.

ER - ¿Quiere decir que los vínculos originales con el barrio han ido desapareciendo?

JMC – Hay tres etapas en el vínculo entre maras y espacio público. En la primera, la mara estaba trabada fuertemente con una vecindad o calle urbana específica; en la segunda las maras trascienden el barrio y aún las fronteras nacionales, ampliando los límites urbanos de dominación; y en la tercera (que es la que predomina en la actualidad) las cárceles se transforman en los nodos principales de la dinámica de las maras y en el epicentro de las comunicaciones entre pandillas, tanto para protegerse mutuamente como para planificar acciones conjuntas. Desaparecen de las calles, pero están más presentes que nunca.

ER – Evidentemente, las políticas públicas ensayadas no solo no dieron los resultados esperados, sino que incluso agravaron el problema. ¿Por qué?

JMC – Yo creo que el error fundamental, desde el mismo diagnóstico, fue considerar a las maras como un problema de seguridad y no como un problema social. De ahí que las instituciones que se hicieron cargo del tema, fueron los organismos de seguridad y no los de desarrollo social, y de allí –casi naturalmente- se pasó a privilegiar la represión, dejando prácticamente de lado la prevención. Este enfoque, incluso, es el que predomina ahora, cuando se intentan construir respuestas regionales o internacionales al fenómeno de la transnacionalización de las pandillas, estableciendo fuerzas especiales conjuntas que involucran incluso a los ejércitos nacionales, y en este marco, vuelven los fantasmas del protagonismo de fuerzas que pueden conducir a una regresión autoritaria, en el marco de los frágiles procesos de construcción democrática en los que nos encontramos.

ER – Estamos, evidentemente, ante un fenómeno nuevo y muy preocupante.

JMC – Sin duda. De hecho, las maras han pasado de habitar el barrio a habitar la región transmigrante entre el norte de Centroamérica y el sur de Estados Unidos; han pasado de convivir y enfrentar a los pobladores urbanos a desafiar a las autoridades y las instituciones de los países de la región; y han pasado de controlar las calles y la vida cotidiana del ciudadano común a controlar algunas de las economías criminales locales y subregionales. Y como las respuestas conjuntas de las autoridades se siguen diseñando e implementando exclusivamente desde el paradigma de la represión, ambas lógicas se alimentan mutuamente. El tema incidirá centralmente en las relaciones entre países de los próximos tiempos, y no deja de ser una ironía que quienes fueron los jóvenes marginados de las décadas anteriores, determinarán en cierta medida el rumbo de las relaciones hemisféricas de la denominada “Cuenca de los Huracanes” (Centroamérica, México, Caribe y sur de los Estados Unidos).

ER - ¿Qué se puede hacer desde un ángulo alternativo?

JMC – No es fácil, pero es posible y hay que intentarlo en gran escala. Creo que lo más importante es contar con un diagnóstico consensuado y legitimado diferente, que refleje con más precisión y objetividad las reales dimensiones del fenómeno. En segundo lugar, es muy importante que las instituciones relacionadas con el desarrollo social adquieran un mayor protagonismo en estos dominios, y para ello hace falta invertir más recursos y trabajar con más pertinencia y con más eficiencia en el terreno de la prevención. Y en tercer lugar, hay que re-pensar radicalmente las políticas carcelarias, descentralizando su funcionamiento y cambiando radicalmente la lógica con la que funcionan. Al mismo tiempo, será imprescindible generalizar prácticas que funcionan en pequeña escala, como la aplicación de medidas alternativas a la privación de libertad para aquellos jóvenes que están en conflicto con la ley, asegurando –además- que la justicia funcione como corresponde, cortando además los vínculos existentes entre las maras y sectores importantes de la propia policía. Todo otro tema es el de los medios de comunicación, que cotidianamente agregan más leña al fuego en lugar de colaborar con el desarrollo de alternativas. Y si todo lo que decimos es así, todo esto habrá que hacerlo en el plano regional, para que se vayan produciendo sinergias positivas, frente a las negativas existentes hasta el momento.


(1)Director del Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de El Salvador. La entrevista fue realizada por Ernesto Rodríguez.