Las maras y las pandillas juveniles que ejercen violencia, han crecido significantemente en los últimos años en varios países de Centroamérica, siendo clara su presencia invasora en centros urbanos marginales y en municipios y aldeas con menos condiciones de acceso a las oportunidades de desarrollo. Las maras han producido un grave impacto negativo en la sociedad en general, desde la cual se exige a los gobiernos buscar soluciones a la situación de inseguridad ciudadana, percibida o real, que los jóvenes involucrados en las mismas generan.
Hoy en día se reconocen cambios significativos en el accionar criminal de algunos de estos grupos y aun en su interior acciones delincuenciales cada día más crueles y temerarias. Algunos estiman que por cada marero activo puede haber hasta 10 menores de edad que simpatizan con ellos y quisieran ingresar a la mara o pandilla mas adelante. (2) Los potenciales futuros pandilleros viven en ambientes cargados de violencia, asimilando la subcultura de la violencia como la adecuada para resolver conflictos, independientemente de la naturaleza de los mismos.
Las causas (3) por las cuales los jóvenes se involucran en las maras tienen relación con: (a) el bajo nivel de escolaridad y alto nivel de deserción escolar entre sus miembros; (b) falta de oportunidades laborales; (c) influencia de sus pares y de la calle donde socializan a la manera de sus amigos y vecinos; (d) en su mayoría vienen de familias disfuncionales con ausencia de los padres y rol sobredimensionado de las madres; (e) historia personal o como testigos de violencia intrafamiliar, maltrato y violaciones; (f) los barrios de procedencia son de bajo nivel económico y escaso desarrollo social; (g) exclusión y marginación; y (h) falta de acceso a las oportunidades de educación y participación comunitaria y ciudadana.
El acceso a narcóticos, alcohol, cigarrillo y armas cortantes o de fuego, a temprana edad, facilita la distorsión de la "otra" realidad, la que se vive por fuera de la pandilla, a la vez que dificulta acciones preventivas si se convierten en adictos crónicos a narcóticos.
La pertenencia a la mara o pandilla “legitima” a su interior la violencia.
Los jóvenes de las maras o pandillas son el caldo de cultivo de las verdaderas escuelas del crimen y de sus organizaciones, como la del narcotráfico. Estos grupos son potenciales opositores (enemigos) de un proceso de negociación. El crimen organizado ocasionalmente los “contratan” (no ocurre con todos ellos), para realizar delitos como asesinato a sueldo. Esto es mas frecuente con los pandilleros de mayor experiencia (el marero permanente o el líder). Esto dificulta en grado mayor la situación pero al mismo tiempo hace más apremiante y necesaria la decisión de actuar preventivamente.
Las maras en el triángulo norte de Centroamérica tienen raíces en, y conexiones con, similares de los Estados Unidos de donde llegaron y continúan llegando jóvenes deportados que fueron pandilleros en este país. También se relacionan con sus similares de países vecinos.
La presencia de los jóvenes de maras o pandillas ha generado un alto sentimiento de inseguridad ciudadana donde ellos viven y/o actúan. Las comunidades así lo manifiestan, bien sea porque hayan vivido uno o varios hechos de violencia perpetrado por las maras o pandillas, o porque perciben su accionar como expresión de franca inseguridad.
Casi a diario los medios publican casos de jóvenes asesinados, menores de 25 años, a quienes califican de mareros y cuya muerte relacionan a enfrentamientos entre las pandillas, relacionadas o no al crimen organizado o en casos dejando la duda si se debió a acciones de policía.
Esta es una situación que debe verse como un conflicto social especial, cuya dimensión y características, parece prolongarse con mayor gravedad y por más tiempo del que se suponía. No se puede aceptar que la aniquilación o encarcelamiento de los jóvenes en pandillas sea la única solución.
Aquí se esconde una dinámica nueva, de violencia de grupo que no ha levantado formalmente un pliego de exigencias o reivindicaciones pero que en el fondo esta gritando que ellos tiene derechos, reclaman ser escuchados. La falta de respuesta o la inconsistencia de las mismas, por parte de los gobiernos y las sociedades a la situación favorece el florecimiento de estos grupos.
Desde años atrás las pandillas están diciéndole a la sociedad que algo pasa con su juventud, su accionar es una alarma que debe ser escuchada. Pero parece que estos jóvenes tampoco tienen claro el sentido de su rebeldía, de sus acciones violentas, de su enemistad con otras maras o pandillas ni de su rechazo a la sociedad y a los gobiernos.
Las pandillas, quizás sin proponérselo, está lanzando un llamado a la sociedad: “ Aquí estamos, o nos atienden o les hacemos daño”, no importa si quienes van a sufrir el daño sean en primer lugar otros muchachos y muchachas de la misma condición social, quienes también están viviendo una vida similar sin futuro promisorio. Solo que por razón del azar, nacieron y se unieron al grupo del barrio de la pandilla contraria, por tanto y sin mucha sustentación, son enemigos por territorio, por pertenecer a la mara contraria.
Aunque estos jóvenes no expresan simpatía alguna por la política su situación si esta politizada, desde los medios, en las comunidades mismas donde viven o ejercen su agresión, en las esferas policiales y en los gobiernos la palabra pandillero esta altamente politizada. No son luchadores por causas sociales propiamente dichas, para algunos sectores son una generación perdida, son vistos como una amenaza y no como un grupo social que representa a una parte de la sociedad y por tanto es un espejo de sus realidades, es parte de la sociedad que les teme, los rechaza, no los quiere y para algunos su aniquilamiento físico es la solución.
Sus peticiones, verbalmente expresadas a investigadores y personas que se acercan a ellos o trabajan por su reinserción social, se dirigen a: (a) en lo socio económico a la necesidad de educación y trabajo para el grupo, para la mara; (b) en lo familiar a garantizar la estabilidad de sus madres (4) y familiares mas cercanos (hermanas y hermanos); (c) en lo comunitario a ser aceptados como son, con sus tatuajes y forma de vestir; y (d) en lo religioso quisieran acercarse más a las congregaciones de las Iglesias católica o cristianas.
Muchos mareros y mareras han expresado su interés e intención de cambiar de vida, de dejar las actividades ilícitas, pero no han encontrado respuesta consistente. Si eso se logra, y tal como lo han expresado muchos de ellos y ellas se comprometen a no realizar más actos de violencia y a no perturbar la seguridad ciudadana. No se trata de creer que esto será fácil y rápido, pero se debe intentar.
Hoy en día e n los países mencionados existen bien sea una Secretaría o un Vice Ministerio de Juventud, así como ONG que realizan programas de prevención y recuperación de maras. Además los organismos de cooperación internacional han expresado constantemente su preocupación por el tema y la necesidad de soluciones estables.
La sociedad y algunos gobiernos sienten que el problema se está saliendo, o se salió, de sus manos, y buscan mecanismos para enfrentarlo.
Los programas preventivos que ejecutan los gobiernos, o que dirigen o están bajo la orientación de ONG, son positivos y deben continuar con mayor apoyo del estado. Dada que su cobertura no llega a la gran cantidad de jóvenes que bien sea está en las maras (la mayoría de ellos desescolarizados), o que sin estar en ellas simpatizan con las mismas, es necesario revisar las políticas de estado sobre juventud y niñez dirigida a este grupo social, sostenida y financiada, que ofrezca apoyo para acceder a educación de calidad y a trabajo remunerado.
Se requiere de políticas públicas, voluntad política y asignación de presupuesto de capacitación e implementación de programas regionales y nacionales, utilizando metodologías homologadas y sistematizadas en la región, para tener diagnósticos certeros y significativos, para llevar a cabo planes y programas de prevención, así como establecer un frente común a las causas del fenómeno de la violencia, enfrentado a los grupos de poder paralelo, al crimen organizado y el narcotráfico, interesados en mantener la situación de inseguridad.
La respuesta de los gobiernos, de las agencias internacionales, de la sociedad y de los jóvenes mismos, no debe ser otra que unir esfuerzos y trabajar por ofrecer a los jóvenes las oportunidades que se les ha negado. Estigmatizar a los jóvenes, definir precipitadamente su conducta y rechazar el alto potencial que representan es una actitud de injusticia e inequidad social.
(1) Extracto de la presentación de Alberto Concha Eastman (experto de la OPS) en el Foro de la CCPVJ realizado en San Salvador, el 26 de Octubre de 2006.
(2) Las cifras se basan en informes de la Policía Nacional.
(3) Prácticamente todos los estudios apuntan a señalar estas razones estructurales, familiares y sociales como las causas de la violencia de pandillas.
(4)“Por mi madre vivo y por mi mara muero”, es común expresión de los mareros. |