La
evaluación de Naciones Unidas al 2005 en lo que atañe
al Objetivo 1 (combate a la pobreza y al hambre) brinda información
precisa sobre varios de los principales “clivajes” existentes
en nuestras sociedades (entre clases sociales, entre hombres y mujeres,
entre el medio urbano y el medio rural, entre grupos étnicos,
etc.) pero brinda solo alguna apertura por edades, destacando –sobre
todo- la importante incidencia de la pobreza en la niñez.
Por extensión (casi) incluye algunos (pocos) comentarios
sobre la incidencia de la pobreza en la adolescencia, y no dice
nada sobre la incidencia de la pobreza en las y los jóvenes.
“Resulta
preocupante comprobar que la incidencia de la pobreza extrema afecta
en mayor proporción a la infancia que a cualquier otro grupo
de población. Según las cifras correspondientes al
año 2002, existen en América Latina 41 millones de
niños de entre 0 y 12 años de edad en situación
de indigencia. Por su parte, 15 millones de indigentes tienen entre
13 y 19 años de edad, mientras que aquellos de 20 años
y más totalizan un número similar al de los niños.
Por tanto, aproximadamente 2 de cada 5 pobres extremos son niños”.
“Este
flagelo se manifiesta de manera relativamente homogénea entre
los menores de 5 años y los que tienen entre 6 y 12 años,
ya que la incidencia de la pobreza extrema en ambos grupos de edad
es de alrededor de un 30 %, cifra bastante superior a la que se
observa entre las personas de mayor edad. Por otra parte, dicho
porcentaje es mucho más alto en las áreas rurales
que en las urbanas; en estas la pobreza extrema afecta a cerca de
un 22 % de los niños, en tanto que en las áreas rurales
el porcentaje aumenta hasta casi un 50 %”, siendo del 44 %
en el caso de las y los adolescentes.
En términos de
orientaciones de políticas, el Informe de la ONU evalúa
positivamente los “programas que combinan la ayuda monetaria
con la formación de capital humano, factor fundamental para
reducir la transmisión intergeneracional de la pobreza”.
“Para
ello, las transferencias monetarias y la entrega de ciertos bienes
y servicios se condicionan, por ejemplo, al control preventivo de
los miembros del hogar en los centros de salud o la asistencia regular
de los niños en edad escolar a los establecimientos educativos,
con el propósito de reducir la fecundidad precoz, desincentivar
el trabajo infantil y mejorar el rendimiento escolar. Los ejemplos
más exitosos de transferencias condicionadas en la región
están dados por el programa “Bolsa Familia” de
Brasil, el programa “Familias en Acción” de Colombia
y el programa “Oportunidades” de México”,
aunque también se utilizan en algún grado en la mayoría
de los países latinoamericanos”.
Lamentablemente, estos
programas se quedan en la atención de las y los niños
de hasta 12 años, incorporados a la educación básica,
y no incluyen a los adolescentes incorporados (o que debieran estar
incorporados) a la enseñanza secundaria. De este modo, programas
exitosos en cierta etapa del ciclo de vida se interrumpen en las
etapas siguientes, con lo cual se malgastan recursos y se desaprovechan
oportunidades.
 
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