Miradas “desde afuera”, las movilizaciones estudiantiles en Chile sorprendieron bastante, por sus grandes dimensiones y por sus particulares características. Evidentemente, no es muy común que 800.000 estudiantes secundarios se movilicen con el orden y la claridad que lo hicieron en Chile, y más aún, es totalmente excepcional que se obtengan resultados tan positivos, comparando las reivindicaciones estudiantiles y las respuestas brindadas por el gobierno, reflejadas en el mensaje de la Presidente Bachelet.
Las repercusiones que estas movilizaciones han tenido en los medios masivos de comunicación, por su parte, son evidentes. Una simple búsqueda en internet, digitando “estudiantes secundarios chile”, me permitió identificar 755.000 referencias en 22 segundos, algo totalmente imposible de procesar sistemáticamente, pero que permite medir las dimensiones del impacto público que estas movilizaciones han tenido.
En dicho marco, los artículos que estamos incluyendo en esta edición especial de la Revista Electrónica Latinoamericana de Estudios sobre Juventud , son apenas una muestra de lo mucho que se ha escrito y dicho sobre estas movilizaciones, pero creemos que se trata de una muestra representativa del sentir –al menos- de aquellos especialistas en juventud que se vienen dedicando a estos temas desde hace muchos años, y por ello estamos sumamente agradecidos con Oscar Dávila y con CIDPA por el excelente trabajo que han realizado.
No es nuestra intención reiterar lo que ya se ha dicho en los artículos incluidos en esta edición especial de nuestra revista, no solo porque no tendría sentido sino también –y sobre todo- porque no somos los más indicados para analizar un tema que –en primer lugar- los propios chilenos tienen que interpretar y ubicar en sus reales dimensiones. Sin embargo, no resistimos la tentación de decir algunas pocas cosas “desde fuera”, mirando estas dinámicas con el interés de quienes trabajan cotidianamente en estos dominios, desde cualquier rincón de América Latina.
Y desde este ángulo particular, la gran pregunta que nos asalta es la del título: ¿por qué en Chile y no en otros países de América Latina?. Sin duda existen movilizaciones estudiantiles en muchos otros países de la región, pero ninguna tiene ni ha tenido las dimensiones y las repercusiones verificadas en Chile, por lo que –desde el punto de vista comparado- resulta sumamente relevante tratar de responder esta particular interrogante.
En mi modesta opinión, todo esto es el resultado de una inversión sostenida –de parte del Estado Chileno- en educación (prácticamente el doble que el promedio de las inversiones realizadas en el resto de América Latina y muy superior a la de la mayor parte de los países de la región) y de las importantes reformas introducidas en la educación media, impulsadas en Chile desde la instalación de la democracia y de los Gobiernos de la Concertación en 1990, notoriamente más pertinentes y oportunas –desde el punto de vista de la búsqueda del acercamiento entre cultura escolar y cultura juvenil- que en cualquier otro país de la región.
Sin duda, la educación media en Chile tiene infinidades de carencias y limitaciones, y muchas de ellas han sido destacadas en los diferentes artículos incluidos en esta edición especial de la Revista y han sido el eje articulador de las principales demandas de los propios estudiantes. Seguramente, de aquí en más, los diferentes actores involucrados en estas dinámicas tendrán que encararlas decididamente, buscando las mejores soluciones para ir levantándolas, tanto en términos de calidad como de equidad educativa.
Pero lo cierto es que si las carencias explicaran o motivaran las movilizaciones, tendríamos que estar asistiendo a una explosión simultánea de conflictos estudiantiles de enormes proporciones en todos nuestros países, algo que –evidentemente- no está ocurriendo ni parece posible que ocurra en el futuro cercano. Por el contrario, las movilizaciones se producen y adquieren las dimensiones y las características que estamos comentando, en el único país que prácticamente ha universalizado el acceso a la enseñanza media, algo que los demás estamos intentando lograr –en varios casos sin posibilidades reales de éxito- recién para el año 2015.
Ocurren –además- en uno de los pocos países que ha implementado programas que han intentado –como dijimos- reformas serias en varios planos relevantes, incluyendo –por ejemplo- las “actividades curriculares de libre elección” en su momento, o ahora el espacio “aula libre” (ver www.aulalibre.cl ), experiencias que permiten constatar que Chile ha intentado –al menos- iniciativas que en los demás países –en el mejor de los casos- todavía estamos discutiendo (en términos –todavía- exageradamente ideologizados, por cierto).
No es mi intención magnificar los logros de la experiencia chilena, pero no podemos desconocer –la evidencia es contundente- que las movilizaciones estudiantiles se producen en un marco netamente favorable (desde el análisis comparado a nivel regional) y de evidente promoción de la participación estudiantil.
Los estudiantes que protagonizaron estas movilizaciones, son “hijos de la democracia” (nacieron y crecieron en democracia) pero ello también ha ocurrido en muchos otros países de la región, sin que se hayan registrado este tipo de procesos reivindicativos exitosos. En realidad, todos los demás procesos de movilización estudiantil (cuando han logrado expresarse públicamente) fueron mucho más acotados y se han estrellado contra una pared, compuesta por autoridades gubernamentales francamente hostiles a sus reivindicaciones.
Porque han accedido masivamente a la educación media (y no porque ésta los expulse selectivamente como en la mayor parte de los otros países de la región), porque han sido parte de experiencias participativas (y no por no tener esas oportunidades) y porque permanecen una gran parte del día en sus colegios (y no por estar expuestos a unas pocas horas de clase como en la mayor parte de los países de la región), los estudiantes secundarios chilenos han podido desarrollar sus capacidades críticas y sus movilizaciones, y esto debiera ser tenido en cuenta al momento de evaluar estos procesos, sin dejarse encasillar por modelos explicativos perimidos que ya –sensatamente- no explican nada.
(*) Sociólogo Uruguayo, Director del Centro Latinoamericano sobre Juventud (CELAJU) y Coordinador General del Portal de Juventud de América Latina y el Caribe (
www.joveneslac.org )