Néstor López, investigador IIPE - UNESCO Buenos Aires
«ES DIFICIL PENSAR QUE UNA SOCIEDAD TAN DESIGUAL LOGRE UNA EDUCACION DE CALIDAD PARA TODOS»
Por Mónica Moreno
El sociólogo argentino autor del libro Equidad
educativa y desigualdad social. Desafíos a la educación
en el nuevo escenario latinoamericano
—donde se estudian realidades educativas en
Perú, Colombia, Argentina y Chile— pasa revista
a la realidad nacional y analiza los sentidos
que adquieren hoy las políticas de educación en
la nueva sociedad latinoamericana.
Años de experiencia en investigación en temas de educación, pobreza y trabajo, avalan la trayectoria de Néstor López, sociólogo, académico e investigador del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación IIPE - UNESCO , sede Buenos Aires y parte del equipo del Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina ( SITEAL ).
Aprovechando su visita a Valparaíso invitado por CIDPA , donde brindó una conferencia en el Seminario «Jóvenes: calidad y equidad en la educación pública municipal», convocada por el Centro de Estudios Sociales CIDPA , quisimos recoger sus principales impresiones y miradas en torno a la calidad y la equidad en la educación actual.
¿Cómo evalúas el debate que se está produciendo actualmente en materia de educación en América Latina? ¿Hacia dónde vamos?
En América Latina se están viendo los resultados de un debate muy intenso que hubo hace unos 10 años atrás y que terminó materializándose con las reformas. Fueron años donde realmente se habló de educación, se debatió mucho. Se instaló el tema en la agenda pública de un modo notable. En ese mismo tiempo se estaban gestando todas las políticas educativas. No es casual. En ese tiempo también se estaba debatiendo sobre qué sociedad queríamos, el sentimiento de la instalación de nuevos modelos de crecimiento económico y desarrollo social, centrados desde una perspectiva del mercado, con un claro renunciamiento del Estado en su función de ordenador de las economías y de lo social. El debate era: cuál es rol de la educación y cómo se administra en este nuevo contexto.
¿Cuál fue el diagnóstico?
El diagnóstico que hubo en ese momento, fue que había muchos problemas de desarrollo económico y social que tienen que ver con la mala o la inequitativa educación de nuestros países. Se genera una gran expectativa respecto a la capacidad que tiene la educación para los proyectos de sociedad que se estaban conformando. Fue un momento de gran optimismo pedagógico. La educación iba a ser la gran solución a los problemas. Incluso, desde el punto de vista de la política social, se piensa que, en realidad, la educación es la política social por excelencia porque es la que genera movimientos sociales ascendentes, acceso a otras posibilidades y todo lo demás. Entonces, se le da una centralidad a la educación que hizo que existiera un debate muy rico y grandes reformas. Lo que está pasando hoy es que el panorama es mucho más complejo de lo que se veía y los éxitos fueron pocos.
¿A qué crees que se debe esta suerte de fracaso?
Hubo grandes éxitos en temas de expansión. Si uno mira las tasas de escolarización en casi todos los países de Latino América, crecieron mucho. Es decir, la educación primaria es casi universal y la educación secundaria, en muchos países, como en el caso de Chile, está muy cerca de serlo. En ese sentido, se puede decir que fueron años exitosos. Hubo esfuerzos porque así fuera. La ampliación de la obligatoriedad implicó el esfuerzo de crear instituciones para poder incorporar a todos estos jóvenes.
Pasa que antes los jóvenes dejaban de estudiar a los 13 años y ahora dejan de estudiar a los 15 y las tasas de graduación a nivel secundario no necesariamente se ampliaron. Hay una especie de cierta estafa. El joven va a la escuela, hace el esfuerzo por estar, pero las posibilidades de que ese paso por la escuela se traduzca en aprendizaje está fracasando.
Entonces ¿qué pasó?
Las escuelas secundarias no fueron pensadas como escuelas para todos, están pensadas como escuelas de elite. De hecho antes tomaban examen de ingreso, con ciertas condiciones y ciertos saberes. No solamente que sepan lo que se les enseñó en la primaria, sino con un cierto perfil de persona que tiene que ver con pertenecer a la clase media, urbana y con familias bien constituidas. Cuando se pretende que a la escuela entren jóvenes pobres, rurales, indígenas, o cuando los docentes se encuentran en el aula con estos chicos de “condiciones extrañas”, ahí la cosa se complica.
¿Esa condición fue una constante en América Latina?
Yo diría que en casi todos los países el alumnado se hizo más complejo porque se tomó la decisión que todos los jóvenes fueran a la escuela. Entonces entran chicos que antes no entraban y la sociedad vive un aumento de las desigualdades sociales. Tenemos jóvenes cada vez más desiguales. La escuela tiene jóvenes muy ricos y muy integrados, y jóvenes muy pobres, casi excluidos.
Hubo también una gran reivindicación de la diversidad cultural. Es el caso chileno y sus comunidades indígenas, y así otros países como pueden ser México, Guatemala y ahora el caso de Bolivia. Se decidió no ocultar más el carácter multicultural de estos países y la educación tuvo que asumir también su carácter multicultural.
En los jóvenes urbanos, de clase media, está el tema de las nuevas culturas urbanas, donde ya no se puede decir que el joven de clase media y urbano es más o menos parecido. Ahora hay grandes grupos que son totalmente distintos, con identidades distintas, con modos distintos de hablar, de comunicarse, de socializarse. Todos eso está en el aula. Ese es el gran problema que tenemos.
En tu libro Equidad educativa y desigualdad social sitúas a Chile como un país de excepción por la superación de los niveles de pobreza en la década de los noventa ¿cuál es la sensación que te queda hoy?
Efectivamente el caso chileno es un caso que merece ser analizado en la región por los logros que tiene desde el punto de vista social, la reducción de la pobreza, la escolarización, todos aspectos que son importantes de tener en cuenta. Por otro lado, cuando uno intenta visualizar cuáles serían los puntos problemáticos desde el punto de vista social, aparece el tema de las desigualdades. De todos los países de la región, la particularidad de Chile es que, como tiene un crecimiento económico muy alto, a pesar de que las desigualdades crezcan, la pobreza se reduce. En otros países, como el crecimiento es menor, la desigualdad hace que el crecimiento se lo lleven los sectores más altos y los de abajo no participen de este crecimiento y, o siguen igual o incluso se empobrecen en el contexto de crecimiento económico.
¿Cómo afecta la desigualdad a los procesos de búsqueda de equidad en la educación?
Estamos especialmente preocupados por los efectos que tiene la desigualdad más allá de que haya pobreza o no. Si el aumento creciente de la desigualdad pone en riesgo la cohesión social, es difícil que sectores tan diferenciados socialmente se sientan miembros de una misma sociedad. Empieza a entrar en crisis esta idea de la sociedad como un todo integrado. Cuando estos procesos de desigualdad son tan grandes y empieza a haber un proceso de ruptura del tejido social, los que están en los extremos de ese espectro no sólo no se sienten parte de la misma sociedad sino que empiezan a sentirse como enemigos.
El integrado, el rico, percibe al pobre excluido como su enemigo, porque es el que amenaza su seguridad, el que le quiere robar y todo lo demás. El pobre encuentra en el rico su enemigo porque se siente excluido precisamente porque el otro se quedó con su parte.
Empieza a haber una perdida de integración. Eso pasa en todos los países y me da la impresión que aquí en Chile esa amenaza también existe. Pero, ¿cuánta desigualdad resisten? Esa es una pregunta que uno se instala y que en el caso chileno es tan marcada que a uno le preocupa. Lo anterior, tiene claras implicancias en el contexto educativo. Es difícil pensar que en una sociedad tan desigual logre una educación de calidad para todos. Porque si uno lo lleva al extremo, lo anterior quiere decir que cualquier niño o adolescente, independientemente del país que le tocó nacer y del nivel socioeconómico que tenga, tiene que tener una buena educación, casi diríamos, la misma educación. Generalmente eso es muy difícil que sea posible con sociedades tan desiguales. De ahí aparecen las dificultades estructurales de la política educativa. Desde ahí que nosotros pensamos que la «cuestión educativa» trasciende a las políticas educativas y tiene que ver con una política social de integración y de cohesión. Si hay fragmentación social, crisis de integración, si hay tal nivel de desigualdad, es demasiado pedirle a los sistemas educativos que garanticen educación de calidad para todos.
¿Es posible imaginar entonces una educación equitativa y justa?
Es difícil pensar una educación equitativa y justa en sociedades que tienen en riesgo su cohesión social. Ese es el punto.
El problema de la desigualdad es una amenaza para la sociedad. Es el punto de tensión. Cuánto resisten esas desigualdades y en qué medida las sociedades pueden permanecer integradas para que pueda existir una especie de nosotros, un colectivo al que todos pertenecen. Si se rompe ese “nosotros”, se rompen los pilares de cualquier política social, de cualquier política distributiva, porque la política social presupone solidaridad. O sea, uno está dispuesto a pagar un impuesto o a dar para que eso se utilice en un esquema de distribución, que beneficie a aquel que tiene menos. Ahora, si yo pienso que el que tiene menos, tiene menos porque se lo merece y sospecho que es mi enemigo, pierde toda posibilidad e intento de distribución. Esos puntos ponen en riesgo no sólo las metas educativas sino cualquier meta social.
No tiene que ver con que la educación tenga una escuela privada y otra pública
Ese es otro problema que tiene que ver con la fragmentación del problema, pero que no necesariamente tiene que ser nocivo. Hay particularidades de cómo está funcionando, pero si uno garantiza que en todas las escuelas haya buenos docentes y todo lo demás, no tendría porque ser problemático eso. No digo que no, pero no tiene que ver con la raíz del problema.
Como investigador de la UNESCO ¿en qué medida crees que los estudios realizados repercuten en el debate latinoamericano o en qué medida llegan a las personas a los que van dirigidos?
El Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación de la UNESCO tiene básicamente dos funciones. El referente fundamental son los gobiernos, a quienes apoya con asistencia técnica y con formación. Después se amplía el espectro de interlocutores cuando empiezan a aparecer fundaciones, organizaciones privadas, instituciones que también requieren de nuestra asistencia. También hay un área de investigación claramente orientada a nutrir esas actividades de formación. Frente a este panorama, lo más importante para nosotros es la tarea de diagnóstico, conocer realmente qué es lo que está pasando a nivel social, qué está pasando con los jóvenes y quiénes son. Hay una preocupación por promover un mayor conocimiento de este alumno real que entra a las escuelas.
Los alumnos reales, cada vez tienen menos que ver con aquellos alumnos para el que fue pensada la escuela y además, de aquel alumno para el que fue preparado el docente.
¿Están satisfechos con lo que han logrado en todos estos años?
Uno siente que es una institución que está siendo reconocida y que está incidiendo en el debate educativo de la región. Es muy difícil percibir resultados reales de lo que se está haciendo, pero estamos pudiendo participar, aportar datos significativos.
La satisfacción va por el hecho de estar aportando herramientas de análisis, promoviendo ciertas estrategias que nos parecen que son positivas. En lo personal estoy satisfecho de que en la región se está abriendo el nuevo debate. Aquel debate que se abrió en los noventa, se está abriendo hoy, precisamente por el fracaso que tuvo o porque no cumplió las expectativas. Pienso que es un lindo momento para la educación en América Latina, porque se están discutiendo nuevamente lo que significa una política de equidad, qué significan los problemas de calidad, qué significan, en los hechos en concreto, que todos los países se hayan suscrito a un compromiso de educación de calidad para todos y lo que eso significa a nivel de política. Se viene una nueva generación de políticas educativas mucho más sofisticadas, mucho más a la medida de lo que está pasando.
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