Revista Electrónica Latinoamericana de Estudios sobre Juventud
año 2 nº 03    ..21º semestre 2006 / Junio 2006  

LOS ESTUDIANTES SECUNDARIOS DE CHILE
 cuando los jóvenes se manifiestan.....

 
     

PARA QUE NO LO ABSORBA LA ARENA
Estudiantes secundarios y su lucha por la igualdad educativa y social
Felipe Ghiardo Soto

Que la punta de la mecha se haya encendido en Coronel cuando los jóvenes reclamaron por las pésimas condiciones en que se encontraba la infraestructura de uno de los establecimientos de la ciudad, que luego haya avanzado hasta la capital y de ahí a ciudades de provincia que no «hacen noticia» sino es por algún crimen macabro, es sólo un cronograma de cómo se fueron encadenando los acontecimientos. Pero todos sabemos que es lógicamente imposible pensar que esta cadena de hechos resuma el movimiento secundario.

Los movimientos sociales no surgen por generación espontánea. Ya en noviembre del 2005 los estudiantes habían presentado un extenso documento con sus demandas al gobierno de esos días, que en el fondo resumía el sentimiento fraguado entre los secundarios del sistema municipalizado frente a las por todos conocidas desigualdades e inequidades del sistema escolar. Repetirlo no dice nada nuevo, pero siempre es mejor insistir que callar.

De algún modo es precisamente la insistencia en estos puntos la que los convirtió en evidencia incuestionable y lo que hoy día mueve las marchas callejeras y tomas de Liceos. Por eso que ya nadie con criterio esté en condiciones de cuestionar el fondo del movimiento. Sólo esos extraños grupos de neonazis chilensis que se violentan frente a cualquier expresión que cuestione la sacralidad de su concepto de orden y de nación, los Carabineros de fuerzas especiales, y alguno que otro que no lo reconoce públicamente, pero que siente una aversión venial a todos estos niños agrandados que solamente hacen desorden y no se dedican a estudiar, como dijo «la diva».

Este escenario es el que protege al movimiento de los secundarios con un aura de legitimidad, una legitimidad que nunca ha logrado el movimiento universitario, aunque casi ritualmente se movilicen todos los años por ahí por mayo. Quizás la idea de privilegio de la educación universitaria y de los universitarios como privilegiados le quita piso y respaldo en los sectores populares a sus demandas, por más bien intencionadas que puedan ser en un principio. Con el movimiento de los secundarios del sistema municipalizado la cosa es diferente. La imagen del liceano es distinta de la del universitario, aunque en la universidad hayan muchos egresados de liceos municipales. Y es que si hay una frase que puede resumir el escenario actual es que en los liceos municipalizados la mayor parte de los jóvenes pertenecen a las familias con más dificultades de sus respectivas comunas.

   

Esto no es simple literatura. Hace un tiempo tuvimos la oportunidad de hacer un estudio con jóvenes del sistema municipalizado de algunas comunas de la Región de Valparaíso y los datos fueron decidores. Por citar sólo un par de ejemplos: la mayoría de los padres y las madres de los jóvenes que estudian en establecimientos municipales no alcanzaron a completar los doce años de educación que ahora son obligatorios, algunos ni siquiera completaron sus estudios básicos y sólo una porción muy reducida de los jóvenes tiene padres que completaron o cursaron algún tipo de estudio superior. Otro ejemplo, pero relacionado con el anterior: menos de un tercio de los estudiantes tiene un computador y son muy pocos los que tienen internet en su casa, los que han tenido la posibilidad de viajar fuera de su región en los últimos años, los que han ido al cine en el último tiempo, los que tienen un lugar apropiado para estudiar en sus casas... A esto se refiere la idea de que en los liceos municipalizados se concentran los sectores de la población, o si se quiere, las clases que poseen menores niveles de «capital económico y cultural».

Todo indica entonces que por el movimiento de los secundarios está aflorando más clara que en las marchas del 1 de Mayo la voz de los que hasta el momento han sido los desfavorecidos por los modelos históricos de desarrollo, los que sin quererlo han permanecido al margen de los beneficios de las privatizaciones, de la «globalización» y de «la educación» misma. Las muestras espontáneas de apoyo por buena parte de la «población adulta» o la tierna imagen de las madres llevando alimentos y ropa de cambio a sus hijas e hijos en toma, son sólo un par de botones de muestra del sentir colectivo que está canalizando el movimiento secundario.

Su reclamo es el eco que hace en los sectores desfavorecidos el viejo discurso que enarbola la educación como herramienta de movilidad social y de mejora colectiva de las condiciones de vida. El secundario movilizado es sólo la cara visible de un reclamo fraguado en todos los espacios en que el futuro del estudiante se hace tema de conversación. De qué otra forma iba a ser si hoy nadie piensa que para abrir su campo de posibilidades para «surgir en la vida» haya una vía mejor que los estudios.

El «discurso oficial» no deja pensar en otra salida. La idea de dedicarse a trabajar desde niño y no estudiar, que para los abuelos e incluso los padres de estos jóvenes pudo haber resultado un camino casi «natural», o al menos aceptable, para las actuales generaciones constituye una estrategia de vida en retirada. Eso al menos en el plano de «lo ideal». Hemos tenido la oportunidad de plantear a una parte de estos jóvenes la pregunta por los sueños sobre su futuro, por lo que cada uno aspira, y son realmente pocos los que piensan dedicarse a trabajar después de salir de la secundaria. Por lo general las apuestas apuntan a seguir el camino de los estudios superiores, porque de verdad se cree que estudiando se puede «surgir», sobre todo si es en la universidad. No importa que en la práctica se estén multiplicando los egresados universitarios cesantes o trabajando parcialmente en algo que poco o nada tiene que ver con lo que estudiaron. Los estudios son el camino, y sobre eso no parece haber duda.

Pero qué ocurre entonces: la «realidad» de su condición se convierte en el balde de agua fría. No sé hasta qué punto, pero debe ser difícil que alguno no haya sentido correr por su espalda una gota fría cada vez que piensa en su futuro, cuando le da y da vueltas al qué ser y cómo hacer para serlo. Salvo para una fracción de los jóvenes que asisten a los Liceos municipales de mayor «tradición» o de mayor «calidad» (por la vía de rigurosas selecciones y exclusiones), la distancia entre sus sueños y su «percepción de posibilidades» es manifiesta.

En nuestros estudios hemos podido constatar que si para una mayoría su máxima aspiración apunta a cursar algún estudio superior, idealmente universitario, el sentimiento mayoritario es que «en el Chile actual» esos sueños son una quimera. Para muchos la posibilidad de cursar algún estudio superior se va diluyendo en el camino. Más probable es concretar ese anhelo si se trabaja y estudia al mismo tiempo, pero eso restringe las carreras posibles al mundo vespertino, y tampoco es extraño que la posibilidad se abra transcurridos ya algunos años de haber egresado de la secundaria.

De ahí se entiende que el reclamo de los secundarios esté marcado por un ánimo de integración. Lo que piden es que el Estado responda a un principio básico de la socialdemocracia: que regule los efectos perniciosos que inevitablemente arrastra la «moderna sociedad capitalista». La demanda es por condiciones para entrar en el juego, o para al menos tener la ilusión de no quedar fuera de competencia antes de haber corrido, ni sentir la sospecha de que están corriendo otra carrera, una paralela y fuera del circuito.

No existe un ánimo subversivo en estas demandas. Por el contrario, todo parece apuntar a un reajuste parcial o total de los marcos constitucionales que regulan el sistema escolar. Además, la idea de igualar oportunidades para «sincerar » la competencia es un discurso que enarbolan los defensores del ideario liberal, y que por lo mismo, por una extensión lógica, no debiera causarles mayor contradicción... eso siempre y cuando, claro está, fueran fieles al principio de la consecuencia. Ni siquiera el cambio de la LOCE debiera encerrar mayor dramatismo. Por el contrario, como ya varios han dicho, y desde todos los sectores: esa era una pera que se estaba pudriendo de tan madura. Cierto esque la discusión recién comienza, pero lo motivante es que en su momento seguramente se volverá sobre los más antiguos y profundos temas que encierra la discusión ideológica sobre la educación y la pedagogía, que tendrán que volver al debate público —ya no sólo de comisiones de expertos— desde los archivos en que fueran guardados.

   

Ahora, quizás lo más dramático es que quienes hoy están movilizados difícilmente podrán beneficiarse de manera directa con los «efectos macro» de su movimiento, con un eventual cambio a la LOCE y una nueva organización del sistema escolar. La misma definición y negociación de esos cambios supone plazos largos. Eso si es que se logran. Sí recibirán seguramente los beneficios que tendrá el probable cumplimiento de las medidas parciales con que se inició el movimiento, de los recursos que se inyecten, de los cambios al mobiliario que se están prometiendo.

Quienes hoy están movilizados quizás lo saben. Por eso su acción se acerca a la del héroe que hoy se sacrifica por el bienestar de los suyos que vienen detrás. Seguramente los días que han pasado serán una huella imborrable en sus memorias. Sin ir más lejos, han enseñado y aprendido muchas cosas, mucho más que todo lo que pudieran haber tratado en un ramo de educación cívica, por ejemplo. Pero sería triste que al largo plazo el recuerdo de haber sido protagonistas de un movimiento histórico que ya remeció la estantería sea el único recuerdo feliz de todo esto.

Sería triste que en un futuro volviéramos a ver los rostros ya más viejos de los protagonistas secundarios de hoy día lamentándose por lo que pudo ser y no fue. La esperanza que queda es que todos quienes han manifestado ver un ejemplo en los jóvenes, todos quienes sea han dado cuenta que ellos estaban dormidos mientras pasaban cosas que no veían desde su escritorio, que todos aquellos que se han sentido «rejuvenecidos» por el «nuevo aire» que trajo a sus vidas ver el movimiento secundario, como si la adultez fuera sinónimo de inmovilidad y aires estancados, que todos ellos y ellas, digo, lleven esa interpelación a la práctica y apliquen a lo que ocurre en su porción de realidad esto que les están enseñando sus hijos, sobrinas, vecinos y todos estos jóvenes desconocidos.

Sólo así el movimiento de los secundarios podría ser más que un «evento» aislado en esta inercia en que veníamos viviendo.

Valparaíso , 2 de junio 2006

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