Sobre
la base de las evaluaciones del PROJOVEN, el segundo gobierno
de la Concertación instalado en 1995, intentó reformular
enfoques y prioridades, a los efectos de mejorar los impactos
de las políticas públicas. Así, los diagnósticos
de mediados de los noventa comenzaron a constatar un fenómeno
nuevo y sumamente preocupante: el creciente “pasotismo”
que entre los jóvenes, generaba fuertes distanciamientos
entre éstos y las principales instituciones democráticas,
algo que muchas otras democracias emergentes en la región,
habían venido constatando en términos de “desencanto”.
Desde
esta óptica, el pasotismo obedecía a fenómenos
propios de todos los procesos de reconstrucción democrática,
que no podían –desde ningún punto de vista-
hacerse cargo de todas las demandas planteadas a la vez (dada
la complejidad y gravedad de los problemas a encarar) por lo cual,
los sectores que no vieran satisfechas sus necesidades, se iban
a ir distanciando del proceso paulatinamente, especialmente en
lo que hacía referencia a las principales instituciones
del Estado central (Parlamento, Poder Ejecutivo, Poder Judicial,
etc.). Por ello, las respuestas que comenzaron a delinearse, procuraron
respaldarse decididamente en los espacios locales, tratando de
descentralizar al máximo las diferentes iniciativas programáticas.
En
dicho marco, se procedió a estructurar secretarías
de juventud en las municipalidades de todas las regiones del país,
instalando allí equipos técnicos y promotores juveniles
que debían involucrarse más dinámica y directamente
en la vida cotidiana de los jóvenes, procurando entablar
diálogos directos que permitieran mejorar las percepciones
de los jóvenes sobre la propia reconstrucción democrática
y al mismo tiempo, mejorar las percepciones del aparato estatal
respecto de las demandas reales de los jóvenes. En dicho
marco, surgirían las respuestas más pertinentes,
desde un enfoque integrador –en el espacio local- de las
diferentes ofertas de servicios existentes desde el Estado central.
Pero
en este caso, el enfoque se centró excesivamente en la
organización y movilización juvenil, descuidando
las otras responsabilidades, con lo cual, se comenzaron a generar
tensiones de todo tipo con las diferentes Secretarías de
Estado, y hasta con los partidos políticos integrantes
de la Concertación gubernamental, en la medida en que se
observaba con preocupación la creciente inversión
de recursos destinada a contratar animadores y promotores juveniles,
sin que ello redundara en la puesta en práctica de programas
específicos en las diferentes áreas priorizadas.
En
todo caso, despejado en gran medida el miedo a la eventual irrupción
violenta de los jóvenes (los jóvenes ya no eran
vistos como una “amenaza”, aunque emergía cada
vez con más fuerza la imagen de los jóvenes como
“problema”, ligados al consumo de drogas y demás
actitudes censuradas por el mundo adulto), el Instituto Nacional
de la Juventud tuvo más espacios para desarrollar la vertiente
programática ligada con la participación juvenil,
sin medir correctamente las reacciones que ello iba generando.
Las tensiones crecieron, hasta que el modelo hizo crisis en 1997,
y el equipo que dirigía el INJ fue sustituido por otro
elenco técnico y otro enfoque de trabajo, reduciendo sustancialmente
el alcance de sus trabajos efectivos.

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