La
primera gran respuesta del gobierno democrático instalado
en 1990 a las dinámicas de la juventud, fue el diseño
e implementación del denominado “Programa de Oportunidades
para los Jóvenes” (PROJOVEN), que fuera presentado
públicamente por el propio Presidente de la República,
en una cadena radial y televisiva especial. El diagnóstico
básico, tomaba debida nota de la notoria exclusión
social generada durante la dictadura, que afectaba significativamente
a los jóvenes, especialmente en el caso de los habitantes
de las zonas populares urbanas. Por ello, el programa estuvo teñido
por dos aspectos centrales: la necesidad de pagar la “deuda
social” generada con los jóvenes, y la prevención
de la “amenaza” que podía significar dicha
exclusión, en términos de irrupciones sociales violentas.
El
programa se centró en el fomento de la integración
social de los jóvenes, y para ello desarrolló diversas
iniciativas específicas, destacándose –por
sus dimensiones- el Programa de Capacitación Laboral “Chile
Joven”, que contó con 80 millones de dólares
para su puesta en práctica. En paralelo, se desarrollaron
iniciativas ligadas con la oferta de servicios en la esfera de
la recreación, la cultura, la salud, la vivienda y la participación,
entre las más relevantes. Y para que todo ello funcionara
del modo más articulado posible, se crearon instancias
institucionales específicas, tales como el Instituto Nacional
de la Juventud (creado por Ley) y la Comisión Interministerial
de Políticas de Juventud, creada para diseñar, implementar
y evaluar el PROJOVEN.
Pero
en la práctica, convivían dos grandes tipos de programas:
por un lado, los que propendían a la integración
social de los jóvenes excluidos, entendiendo a la juventud
como el “futuro” a preparar para su incorporación
social como adultos, y por otro, los que propendían a generar
espacios para la participación y la construcción
de identidades juveniles, entendiendo al joven como un sujeto
del presente. Ambas perspectivas, estuvieron superpuestas en la
lógica operativa del Estado, “fragmentando”
a los jóvenes, pero tomándolos siempre como “demandantes”
de servicios públicos y de espacios para su participación
específica.
Sin
embargo, en ningún momento se analizaron a fondo las causas
de la exclusión juvenil, incluyendo su posible incidencia
en las supuestas irrupciones violentas. En todo caso, se asumía
que aquella exclusión era fruto del modelo neoliberal impuesto
por la dictadura, que al ser sustituido por otro modelo más
“incluyente” iría promoviendo el bienestar
de los jóvenes en base a una adecuada inversión
de recursos en los programas priorizados. Las evaluaciones realizadas
a posteriori, demostraron que no obstante la fuerte inversión
realizada, la exclusión juvenil seguía siendo elevada,
y las percepciones de los jóvenes eran cada vez más
críticas.
De
todos modos, el PROJOVEN se transformó en un referente
central de los esfuerzos promocionales relacionados con las y
los jóvenes en América Latina, y bajo su influjo,
se trataron de desarrollar muchos otros esfuerzos similares en
varios países de la región. De algún modo,
con sus aciertos y con sus limitaciones, alimentó en gran
medida la reflexión y la acción de quienes trabajan
en estos dominios.

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