Por Juan Disante
(APe).- ¿Cómo será el mundo dentro de 50 años? ¿Qué herencia dejaremos a nuestros hijos? Estas son las preguntas preocupantes que varios estudiosos se hacen acerca del vínculo intergeneracional que deberíamos respetar. En el mundo existente hasta la Segunda Guerra, se observaba con nitidez que las generaciones anteriores trabajaban con gran esfuerzo por las ulteriores. Era la historia de Florencio Sánchez en su obra “M’hijo el dotor”, en donde un remendón de zapatos que quiere que sus descendientes vivan en un mundo mejor, sacrifica su vida por ellos. Hoy se invirtió todo y, por lo contrario, parecería que las generaciones futuras están trabajando a favor de la actual. Todo tiene aspecto de que estuviéramos expropiando el futuro, porque los problemas más agudos, ligados a intereses actuales, se arrojan hacia delante, ni más ni menos que para aliviar los compromisos del presente. Enumeremos algunos de estos conflictos: hay un consumo irresponsable del tiempo, se transmiten a la generaciones futuras los residuos nucleares y los tóxicos industriales, se difiere la deuda pública, se ningunea la educación, se bastardea el sistema de jubilaciones, se invade con monocultivos de soja todo el planeta, se contamina con CO2 y clorados el medio ambiente, se favorecen las grandes concentraciones urbanas, no se regula la avidez financiera, a los jóvenes se les ajena su identidad a futuro, etc.
En el antiguo derecho romano, el Padre original estaba en el origen de toda supremacía y cada sucesor le debía pleitesía. El hijo poco podía decidir sobre sus propias circunstancias y su devenir estaba supeditado a esa sujeción patriarcal. Pero, este legado consular, se convirtió de círculo virtuoso en círculo vicioso. El imperio cayó.
Para la situación hereditaria actual, no se trata de la pecunia a repartir, sino de la intangibilidad global de un bio-planeta a recibir. Es cierto que a los jóvenes de hoy se les hace muy difícil luchar contra un Legado, que termina siendo una verdadera dictadura del Mandato, dado que, la mayor responsabilidad de la planificación del futuro está en manos de dos poderes omnímodos: el económico y el político.
“Pero, ¿es moralmente aceptable transmitir a nuestros descendientes problemas insolubles, o la cuestión de nuestra responsabilidad debe ser el centro de una 'ética de futuro'? La historia es el escenario de libertad para todas las generaciones, por eso nuestras decisiones deben estar abiertas a ratificaciones y revocaciones, dado que no podemos saber qué querrán los que vengan después. Los contratos mueren con quienes los han firmado. Debemos considerar a cada generación como a una Nación diferente con derecho a tener decisiones propias e instalar una justicia entre las generaciones que les permita la libertad de elegir”. (*)
Decía José Ortega y Gasset que “lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente”. En muchas culturas esto se aplicó a rajatabla: no existe peor castigo que el desarraigo de la memoria. La desheredad dejaba sin apellido y sin pasado. La inversión de los valores actuales, con su colonización del futuro, deja sin porvenir a las generaciones entrantes.
Ya sabemos con absoluta certeza que a nuestros hijos y nietos, nuestro legado les resultará un pesado lastre. ¿Por qué no empezamos a arreglarlo?
(*) Daniel Innerarity, profesor de la Universidad de Zaragoza, España
Fuente:
Agencia de Noticias Pelota de Trapo - Edicion del 10/07/08