Observando los escenarios sociales a nivel de mundo y
de Brasil nos
llenamos de abatimiento. Es melancólico ver la falta de
sentido
humanitario de los países ricos frente a los pobres en la fracasada
Ronda de Doha. En Brasil es melancólica la decisión de jueces sin juicio
que aprobaron candidaturas de políticos con ficha sucia, con una falta
total de consideración hacia el pueblo, permitiendo de esta manera que
sea gobernado por personas sin credibilidad ética. Colocan el código
delante de los ojos para esconder la realidad, ocultando de esta manera
el derecho y el bien común a los cuales deberían servir. Es grande el
abatimiento por la amenaza de hambre de millones de personas, debido a
la desorganización introducida por el agronegocio mundial y a la
especulación de los mercados de materias primas. Día a día nos alertan
acerca del caos ecológico que se está instalando en la Tierra, que
amenaza la biodiversidad, y, al límite, a la propia especie humana. Y
sigue desenfrenada la voracidad productivista, deforestando,
contaminando aguas y envenenando suelos.
Nadie sabe hacia dónde
estamos yendo. Lo cierto es que la prolongación
del viaje de la nave
espacial Tierra, limitada en recursos y averiada en
muchos puntos, puede
provocar un desastre colectivo. Esta situación,
como bien lo demostraron
Michael Löwy (franco-brasileño) y Robert Sayre,
lleva a lo que es el título
del libro de ambos: «Revolta e melancolia»
(Vozes 1995). Lleva a la revuelta
contra el exceso de materialismo, de
espíritu utilitarista en la relación
para con la naturaleza, inflación
de l\'esprit de géométrie pascaliano,
dominación burocrática y
desencanto del mundo. Lleva a la melancolía frente
a la anemia
espiritual dominante en la cultura, la ausencia de la razón
sensible y
cordial que funda el respeto a la alteridad, la ética del cuidado
y la
responsabilidad universal.
Hubo en el pasado, y continúa en el
presente, un movimiento cultural que
se opuso a lo que convencionalmente se
llamó «espíritu del capitalismo»,
estudiado en detalle por los dos autores
citados: el Romanticismo.
Necesitamos superar el sentido convencional de
romanticismo que lo
identifica con una escuela literaria o artística.
Romanticismo es algo
más complejo y profundo. Se trata de una cosmovisión,
de una forma de
habitar el mundo, no sólo prosaicamente con artefactos,
máquinas,
ordenaciones sociales y jurídicas, sino de habitar poéticamente el
mundo
al articular la máquina con la poesía, el trabajo rutinario con la
creatividad, el interés con la gratuidad, la objetividad en los
conocimientos con la subjetividad emocional, el pan trabajosamente
ganado con la belleza fascinante de las relaciones calurosas. Esto hay
que rescatarlo.
La sociedad de la tecnociencia y del conocimiento nos
mandó al exilio,
nos robó el sentimiento de un hogar y de una patria y
principalmente
nuestra capacidad de conmovernos, de llorar, de reír con
gusto y de
apasionarnos por la naturaleza y por la vida. Estamos condenados
a vivir
bajo el «sol negro de la melancolía», pero no sólo los románticos
(en
términos analíticos) son afectados por esta melancolía, sino también los
adeptos a la cultura imperante. Un devastador vacío existencial marca a
millares de personas que tratan de llenarlo mediante el consumo
desenfrenado.
Esta condición humana suscita de nuevo la utopía. Nace
de la convicción
de que el mundo no está fatalmente condenado a la
melancolía. Hay en
nosotros y en la sociedad virtualidades aún no ensayadas
que, puestas en
practica, pueden reencantar la vida. Es, pues, una utopía
necesaria,
mensaje perenne del romanticismo. Bien termina Michael Löwy su
obra: «la
utopía será romántica o no será».
- Leonardo Boff es
teólogo
Fuente:
www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=290
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