Por Miguel A. Semán
22/07/08
I
(APe).- La noticia dice: “Misiones:
Repatrían a una adolescente que ejercía la prostitución en Brasil”. La palabra
“repatriar” me lleva a pensar en restos. Aunque también se aplique a las
personas, no sé por qué, creo que lo que vuelve siempre es mucho menos que lo
que se fue.
En el titular menciona también que la chica “ejercía la
prostitución” como si se tratara de una profesión estudiada y elegida. Como si
fuera una arquitecta que se fue a instalar su estudio a Puerto Madero.
Después nos enteramos que la que se fue y volvió es una nena de quince
años que a los doce había entrado a Brasil, en canoa, por un paso no habilitado.
No nos dicen quiénes, cómo ni por qué se la llevaron.
Pasaron tres años,
es decir tres siglos.
Tenía once hermanos. La familia no denunció su
desaparición. Al menos ésa es la versión oficial, y así parece que la hubiesen
dejado ir con tristeza y alivio, sin saber muy bien dónde terminaba una y
empezaba el otro.
Indocumentada, la detuvieron en Crissiumal, Rio Grande
do Sul. Intervinieron dos jueces, un cónsul y la gendarmería para mandarla de
vuelta. Ahora su familia no la recibe. No quieren o no pueden. O ya todos se han
gastado tanto que ni siquiera saben reconocerse entre ellos.
No podemos
permitirnos el asombro. Mordida por la vergüenza y el hambre, esa familia
también somos nosotros. La hemos repatriado, decimos, pero ¿a qué patria? Sólo
la hemos trasladado de un exilio a otro.
¿Y para qué?
Para
obligarla a arder en la noche con esa lucecita húmeda de los quince años que muy
pronto se le irá en cenizas.
II
600
chicas de 13 a 24 años desaparecen desde enero de 2007 hasta hoy y casi no se
habla. En la cifra no están incluidas las dominicanas ni las paraguayas, porque
no hay parientes que hagan la denuncia y porque además no existen. El reclamo de
los amigos, los conocidos o los desconocidos no se toma en cuenta.
Tampoco hay datos oficiales. El Estado, impenetrable y adusto, como la
frente de algunos de sus ministros, no se ocupa de ciertos temas. Celoso
guardián de las libertades individuales, el poder no se mete con los gustos de
sus ciudadanos de primera, aún cuando para satisfacerlos sea necesaria la
esclavitud de los de segunda.
Además de la red criminal que conoce las
vulnerabilidades sociales como la palma de la mano, existe otra telaraña, la de
los hombres comunes, que recibe mujeres, las fagocita y las deshace con la
complicidad de un silencio que se expande como la niebla por comisarías,
despachos, plazas y prostíbulos.
El hombre de hoy, tal vez el de
siempre, parece que siente debilidad por las prostitutas niñas. El estereotipo
que demanda el “hombre argentino” (estas comillas son nuestras), dice el
sociólogo Esteban De Gori, en Clarín del 4 de junio de 2008, son las
“colegialas”. Colegialas sin colegio, por supuesto, sin libros ni maestras.
Chicas talladas a pura falta de caricias, que en muchos casos, apenas saben
dibujar su nombre.
A veces, de tarde en tarde, alguna vuelve del exilio.
Nos mira y descubre con horror que ella ya no es ella, ni nosotros,
nosotros.
fuente: Agencia de Información: Pelota de Trapo