Norma Los chicos del frío
 
 

Norma
09/08/06

Por Alberto Morlachetti

(APE).- Hay personas que se encuentran instaladas a una altura inferior a su talento, si bien podrían deslumbrarnos con su pensamiento. Para encontrarlos hay que buscarlos detenidamente: son educadores, poetas, científicos, artistas, escritores, que no salen en pantalla. No nos agreden con su triplicada presencia. Se limitan a trabajar con la elegancia que posee el silencio cuando es creativo. Por fortuna para ellos, usted no los conocerá nunca.

¿Donde habrá nacido la poesía? No lo sé. Quizás con el primer amanecer, podríamos decir arriesgando cronologías. Pero sé quien ha hecho escritura notable con su vida. Aunque la dictadura militar dibujara sobre su cuerpo una filigrana de horrores siguió con su almita invicta hasta hacerla poema pedagógico amando lo que siempre amó: el socialismo -la tierra prometida- por la cual valía la pena cruzar el mar de las tormentas.

Todo es celeste y manso delante de aquellos ojos y “verde hasta lo entrañable”. Su otoño en Pelota de Trapo -como educadora- deja caer sus primeras palabras para contarnos su historia legendaria que uno puede armarla como un rompecabezas libertario.

Las voces de los niños suenan limpias en el aire recién lavado por la tormenta seguida por algún interludio de sol donde cada pibe escribe su forma irrepetible de hacer la vida. Ella lo sabe y otorga esplendor a las cosas más pequeñas -el poder de unos ojos que nunca serán viejos- la belleza de una flor diminuta, el diseño de una piedra o un gesto de Guadalupe que ella inscribe en la magia de los días. Los niños -solo ellos- saben que no hay goce como esa mirada.

Cuando uno se aleja de esos ojos -de intensos reflejos- parece que se despide del día y comienza el “pardo rubor” de la noche.


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Los chicos del frío
07/08/06

Por Sandra Russo

(APE).- El 3 de agosto el frío taladraba la noche de Ushuaia. En la calle Primer Argentino, del barrio Colombo, en una casilla precaria, dormían dos niños, dos primos, de 8 y 10 años. Estaban solos.

La información se limita al reporte de los hechos, no hurga en la historia de esos dos chicos. No se sabe quiénes los había dejado solos, ni por qué. Acaso por eso pareciera que todos los inviernos la misma información se repite. Una información seca, dura, que da el parte sobre algún incendio que en algún sitio del país mató a dos, a tres, a cuatro niños. Niños que dormían solos. En general después se sabe que los padres habían ido a trabajar, y en esos barrios el trabajo no se elige. Como para elegir trabajo.

El 3 de agosto, en plena madrugada, el fuego provocado por el estallido de una garrafa de gas hizo que la historia que ignoramos de esos dos chicos llegara a su fin. Murieron calcinados por las llamas que se descontrolaron y destruyeron su propia casilla y la lindera.

Los bomberos llegaron inmediatamente, pero fue inútil. La casilla ya ardía, con los niños adentro, cuyos cuerpos ennegrecidos fueron hallados juntos, en una habitación, ambos en posición fetal.

El hecho de que esta información se repita cada invierno es algo así como una prueba de que hay niños que están expuestos a esta ruleta rusa. Cuando llega, el frío agrega a las causas de muerte infantil el calcinamiento. Y algo que cada año se repite también en los cables de noticias, es que los niños que corren más peligro en invierno siempre, indefectiblemente, no son los niños que viven en una casa, sino los que viven en una casilla. Esa degeneración de esa palabra, ese estado de precariedad y pobreza que encierra en cada uno de sus sonidos la palabra “casilla”, explica perfectamente que el frío acecha a los chicos pobres.

Fuentes de datos:
Diario La Voz del Interior - Córdoba 04-08-06


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