La Edad de Oro 09/03/06
Por Oscar
Taffetani
(APE).- Se suele
dividir la Prehistoria en edades que llevan el nombre del material más
utilizado: la piedra (paleolítico, mesolítico, neolítico) y más tarde los
metales (edad del cobre, del bronce, del hierro). Pero no existe, para la
ciencia, una edad del oro. “El oro no es elemento esencial para ningún
ser vivo”, dice escueto y terminante un manual de Biología. Sin
embargo, antes de aprender a escribir, el hombre ya conocía el oro. Y a
partir de la escritura, las evidencias son claras. “El oro de aquella
tierra es bueno”, se lee en el Antiguo Testamento (Libro de los
Macabeos). Las campañas militares romanas -incluso las que lideró Julio
César- tenían como principal objetivo el acopio de oro. Cuentan
historiadores latinos que los Partos, pueblo difícil de dominar, echaron
oro derretido en la boca del general Marco Craso “para que saciara su
codicia”. Virgilio, en su Cuarta Égloga, echó a andar la idea de que
sería el nacimiento de un niño lo que acabaría con la primacía del hierro
(ferrea primum) y traería a los hombres la ansiada “Edad de Oro”
(aurea mundo). Virgilio murió en el 19 antes de Cristo. No
pudo ver la Edad de Oro que soñó. Lo que sí vio y pudo marcar con verso
certero fue una “maldita hambre de oro” (auri sacra fames), que
llevaba a Roma a su destrucción.
Dilemas presidenciales
Distintos observadores
señalaron la pesada “herencia ambiental” que el gobierno de Ricardo Lagos
le deja a Michelle Bachelet, en Chile. Ya no hay cisnes de cuello
negro, por ejemplo, en el Santuario Carlos Andwanter, junto al río Cruces.
Los mató la planta celulosa que Celco instaló en Valdivia. La Ley Corta
de pesca aprobada en 2002 -otro caso- provocó la ruina de los pescadores
artesanales en un amplio sector de la costa y disminuyó la biomasa de
merluza en un 80%, según han denunciado distintas organizaciones
ecologistas. Pero lo que constituye el mayor riesgo ambiental a corto
plazo es la concreción del megaproyecto Pascua Lama, en la frontera con la
Argentina, un plan de extracción de oro con métodos absolutamente
contaminantes, que infiltrará con cianuro napas subterráneas, ríos y
lagunas cordilleranas, pero que también modificará el paisaje del valle
del Huasco, al demoler piedra por piedra los cerros, usando
explosivos. Los pozos de las minas a cielo abierto son cráteres de 150
hectáreas de extensión y 500 metros de profundidad. Son heridas abiertas
de pronto, en el indefenso silencio del paisaje. Las excusas que puede
ofrecer la presidenta Bachelet, si decide incumplir con su promesa de
campaña de oponerse al proyecto Pascua Lama, irían desde la existencia de
un Tratado Minero firmado por los presidentes Menem y Frei en 1999 hasta
el reciente veredicto de la Comisión Regional de Medio Ambiente (COREMA)
de la Tercera Región de Chile, aprobando el proyecto Pascua Lama
presentado por Barrick Gold (empresa de la que es principal accionista
George Bush padre, ex presidente de los Estados Unidos). También podría
argumentar la presidenta Bachelet -si decide traicionar las expectativas
de cientos de miles de votantes- que la empresa minera Barrick Gold ha
venido desarrollando una importante tarea de acción social en beneficio de
los pueblos del Huasco, en donde ha concretado el cableado eléctrico, la
atención sanitaria, la refacción de edificios públicos y otras tareas que
el exitoso “modelo chileno” hasta el momento no contemplaba. Y por
último (una fórmula que hemos visto usar hasta el hartazgo, en el caso de
las celulosas de Fray Bentos) Bachelet podría alegar en su descargo que
vastos proyectos mineros “al otro lado de la cordillera” -como el Bajo de
la Alumbrera, en Catamarca; o el Cerro Vanguardia, en Santa Cruz-,
igualmente contaminantes, cuentan con el visto bueno del gobierno hermano
de la República Argentina. Del Bajo de La Alumbrera se extraen
anualmente 15 toneladas de oro y 165 mil de cobre. De Cerro Vanguardia, 6
toneladas de oro y 71 de plata. Claro que no son los únicos proyectos
mineros “a cielo abierto” que funcionan de este lado de la cordillera.
Según el detallado mapa publicado en el sitio de Internet “No a la mina”,
sostenido por la Asamblea Ambiental de Esquel y otras ONG, hay tres en
Jujuy; dos más en Catamarca; uno en La Rioja; 17 en San Juan; cuatro en
Mendoza; uno en Neuquén; cinco en Río Negro; tres en Chubut (sin contar El
Desquite, que está suspendido) y seis en Santa Cruz (sin contar Cerro
Vanguardia). Tal como pasa con las celulosas y papeleras, sólo una
comunidad -los vecinos de Esquel- fue capaz de oponerse a esa explotación
que, con la volátil promesa de crear fuentes de trabajo y la limosna de
algunas contribuciones al municipio, se propone demoler y contaminar el
paisaje, para extraer de allí ese noble (y vil) metal anatemizado por
Virgilio.
A la busca de El Dorado
La vasta literatura y
las películas rodadas sobre la fiebre del oro (California, 1848; la
Columbia Británica, 1857; el Yukón, 1896; el Canadá, 1899), nos eximen de
comentar la magnitud depredadora que tuvo la búsqueda de ese metal en el
norte del continente americano, hasta entrado el siglo XX. Tres siglos
antes, la fiebre había sido española, sólo que allí no se trató de juntar
amarillas pepitas arrastradas por los ríos, sino de apoderarse del oro
ritual de los Incas, por ejemplo (a Atahualpa no le alcanzó una habitación
llena para pagar por su vida); o el de los Aztecas (conducidos por un
hechizado Moctezuma); o el de los abandonados templos mayas. El
folklorista Atahualpa Yupanqui lo dijo, mordaz, al presentarse en un
célebre y dorado escenario de Madrid, en los años ‘70: “Vengo a traerles
lo que no se supieron llevar de América”. Ya en el siglo XX, superados
los medios artesanales, comenzaron otros más rentables, en regiones
inexploradas como la cuenca del Amazonas. Allí, cientos de miles de
cuentapropistas de la pobreza, llamados garimpeiros, fueron
empujados hacia el territorio de las reservas naturales de Brasil,
Venezuela y Ecuador. La depredación causada por cientos de miles de
harapientos “buscadores de oro” afectó los ecosistemas y llevó nuevas
enfermedades y problemas a pueblos de la selva como los Yanomami. En
vano quiso imponer Chico Mendez -ambientalista brasileño asesinado en
1988- su proyecto de las Reservas Extractivistas. En esas
reservas se recolectaría batata, sarrapia, caucho, castañas, hierbas
medicinales, frutos, se criarían pequeños animales y se fomentaría el
ecoturismo, como una opción sustentable para aborígenes y
criollos, que a la vez iba a representar el cuidado soberano de
la reserva del Amazonas. Pero aquella batalla -por lo menos, en el
siglo XX- la ganaron el oro y los traficantes de bienes y personas. La
ganó la voracidad del capital expoliador.
Nuestras alhajas
En un análisis
practicado hace poco a 200 niños de la ciudad de San Antonio Oeste,
provincia de Río Negro, República Argentina, se reveló que 44 tenían un
alto nivel de plomo en la sangre. La mirada y los micrófonos de algunos
medios se dirigieron entonces hacia las instalaciones de la planta de
Geotécnica SA, que veinte años antes había estado procesando metales con
cianuro. Entrevistado Gonzalo Lana, ex jefe de la citada planta minera,
dijo que él pensaba que, efectivamente, entre los residuos que había
dejado la fundición de los metales, tenía que haber vestigios de
cianuro. “Creo que hoy deben existir todavía rastros -manifestó Lana- y
no solamente de plomo, sino de cianuro, la sustancia principal que se
utilizaba para separar los metales, ya que los residuos de la planta de
flotación se vertían libremente al campo”. “Me di cuenta del peligro
que se estaba originando -completó, para tranquilidad de su audiencia-
cuando vi que muchos animales que se acercaban a tomar esa agua morían en
el acto...” Hay una anécdota de tiempos de la antigua Roma, que pinta
de cuerpo entero a Cornelia, hija de Escipión el Africano, madre de los
dos más importantes reformadores que tuvo aquel Imperio nacido en las
siete colinas: Tiberio y Cayo Graco. En una reunión de esposas
patricias, con damas que lucían sobre sus cabezas y hombros una parte del
oro que sus guerreros habían traído de las campañas, le pidieron a
Cornelia, mujer austera, que mostrara sus alhajas. Conelia mandó a
buscar a sus hijos, puso las manos sobre sus cabezas y dijo: “Éstas son
mis alhajas…” El sueño del poeta Virgilio, aquel expresado en la Cuarta
Égloga, nos habla de lo mismo: los niños son nuestras alhajas. Sin
ellos, somos irremediablemente pobres. Sin ellos, no alcanzaremos nunca
la Edad de Oro. |